viernes, julio 10, 2009

La habitación del hotel I

La mujer detuvo el coche en doble fila y contempló fijamente el hotel con el ronroneo de fondo del motor de su coche como una nana tranquilizadora. No había nada remarcable en el edificio. Muy lejos de esos hoteles antiguos del centro de la ciudad donde podías imaginar las historias que habían transcurrido en cada una de las habitaciones. Era un edificio alto y funcional que ahora parecía mirarla con indiferencia. Apenas podía creer que en otros tiempos ese lugar le hubiera resultado un refugio secreto y escondido en la ciudad. No había ningún encanto en sus rasgos.

Un hombre con traje y maletín salió en ese momento del edificio y se introdujo en el coche aparcado a su lado. Ella maniobró para dejarle salir. El sitio vacío parecía palpitar como las luces intermitentes del salpicadero. La mujer lo miró absorta durante un momento y aparcó con decisión en la plaza que se acababa de quedar libre.

Una vez hecho el primer movimiento, ejecutó el resto de manera mecánica. Cogió el bolso, bajó del coche, lo cerró y se encaminó a la recepción. La luz, los muebles, las plantas… todo parecía igual que antes, aunque se alegró de no reconocer a la joven que tecleaba aburrida detrás del mostrador. No recordaba cuando había tomado la decisión, pero ahora ya estaba hecho, de modo que trató de parecer natural cuando se dirigió a la recepcionista y pidió una habitación doble. Las preguntas fueron las mismas de siempre.

- ¿Cuánto tiempo?
- Una noche.
- ¿Fumadores o no fumadores?
- No fumadores.

En realidad, había recuperado el antiguo vicio, pero aquella muchachita no tenia por qué saberlo y las habitaciones para fumadores olían condenadamente mal, así que miró a la joven con los dientes apretados y dispuesta a enfrentarse a quien fuera para defender su mentira. La recepcionista no percibió a su ánimo belicoso.

- ¿Desea un piso alto?
- Sí, por favor, que dé al oeste.
- Humm, sí, claro, son los que dan a la calle Marqués de Montes.

Ella sonrió en sus pensamientos. Ya lo sabía, lo sabía perfectamente. Durante meses estuvo pidiendo una habitación que diera a esa calle.

- ¿Me deja su DNI, por favor?

Si la recepcionista se sorprendió de ver que su dirección indicaba que vivía en esa misma ciudad, no lo dijo. Podía haberse mudado, ¿no? A ella le importaba poco lo que pensara esa joven bronceada. Demasiadas veces había respondido frente a sus compañeros.

jueves, junio 25, 2009

Secretos y mentiras.

Minotauro acariciando a una mujer dormida.
"Suite Vollard"
Pablo Picasso

Querías un regalo...

y yo derramé encantado
con un grito entre tus tetas
aquel collar de perlas,

...y en ese instante el mundo terminó.


Nacho Vegas



lunes, junio 08, 2009

Uzumaki.


Los pensamientos giran, se encadenan unos a otros, se desgarran entre ellos en el interior de mi cabeza. Uzumaki, una espiral sucia y viscosa de ideas. Víctima y agresora a un tiempo. Ejército y campo de batalla. Violador y violada. Noche de mal dormir, mañana de llantos. Tan alejada de la realidad que me cuesta comportarme de manera cuerda. Demasiado tiempo libre, demasiado poco control sobre nada. Sin trabajo, sin apenas horarios, mi mente rompe con facilidad las cadenas que la atan a la realidad y se desboca en alas de la fantasía.

Hasta que de pronto soy consciente de lo que estoy haciendo, de la que he liado sin venir a cuento. De pronto compruebo con una mezcla de horror y alivio que he magnificado las cosas hasta el punto de tergiversarlas por completo. Drama queen, maldita creadora del drama. Al menos, esta vez no he necesitado pastillas para desconectar, lo he conseguido yo sola. Maldita parada, maldita exagerada. Y ahora llega la segunda parte, ¿hasta qué punto me he excedido? ¿Hasta qué punto llegan los daños? ¿Puedo solucionarlo o la he cagado de verdad esta vez?

Parece que lo he solucionado. Esta vez no traerá consecuencias. Maldita, maldita sea, ¡cómo me duele la cabeza!

La búsqueda de interlocutor.

Hannah Starkey
Sin título 1998

Sin interlocutor sólo nos queda la soledad. La necesidad de encontrar un receptor ideal es la lucha por salir del Reino de las Nieves, escapar de nuestra cárcel de hielo y encontrar un aliento humano que nos dé sentido. La palabra cura, redime, nos puede salvar.

Sin nadie a quien contar no hay nada que contar. Como decía Carmen Martín Gaite: "Cuando vivimos, las cosas nos pasan, pero cuando contamos las hacemos pasar”. Al hablar a nuestro interlocutor creamos la madeja de nuestra propia historia, nos la contamos a nosotros mismos y al hacerlo le damos un orden. Un antes y un después que la hacen real. Al fin y al cabo, las cosas nunca son de una manera o de otra; sólo son como nos las contamos. Somos en función de nuestro interlocutor.

Pero... ¿a quién contamos nuestra historia? ¿Quién será capaz de hacer que desenmarañemos la madeja? No siempre nuestra gente más querida es capaz de recibirla. El interlocutor ideal es aquel que teje con nuestro mismo hilo y con él rompe nuestra soledad. Comparte una esencia con nosotros. Se divierte con lo que nos divierte y entiende lo que entendemos. Pero ¿cómo le encontramos? Y más aún, si lo hacemos, si lo encontramos... ¿querrá asumir ese papel?

jueves, junio 04, 2009

Verano interior.

Summer Interior
Edward Hopper 1909

Algo iba mal. Después de tres meses en los que no nos habíamos separado el uno del otro, de pronto su teléfono llevaba demasiadas horas apagado. Me había marchado a trabajar esa mañana y aún no nos habíamos vuelto a ver. Le había dado un beso mientras dormía, mientras me disculpaba por el pequeño desacuerdo de la noche anterior. Había estado cansada, sólo eso. Le acaricié el pelo y le besé en los labios calientes de sueño. Era lunes y me fuí a la redacción. El trabajo era exigente, debía permanecer concentrada y esforzarme al máximo, no había excusas para los fallos, así que el día pasó rápido sin hablar con él. Esa noche fuí a dormir a casa, hacía mucho que no lo hacía y debía recordarme a menudo que tenía un lugar al que volver. Le llamé un montón de veces, pero el teléfono seguía apagado. Que extraño. ¿Qué podría haber pasado?

El martes transcurrió lentamente. El teléfono seguía apagado y mientras grababa una noticia, recuerdo que era en la Albufera, trataba de encontrar argumentos racionales que explicaran el por qué de su silencio. Ya no podía esperar más, así que en cuanto pude escaparme de la redacción, cogí el coche y puse rumbo hacia su casa dispuesta a encontrar una explicación sencilla que aclarara lo ocurrido. Llegué con el corazón en un puño, repasé el maquillaje en el espejito del coche y como nadie me abría, abrí la puerta del jardín con mis propias llaves. Estaba vacío, así que me dirigí hacia la casa. Algo iba mal, decididamente mal.

La puerta estaba cerrada, intenté abrirla pero la llave no entraba en la cerradura. Qué raro, estaba cerrada por dentro. Me asusté. Ante mis ojos desfiló su imagen inconsciente en el suelo, un charco de sangre, y por un momento, otra mujer desnuda en su cama. Pero eso no podía ser, era imposible. Pensé que se había desmayado y yacía en el suelo al otro lado de esa puerta de madera. Llamé, volví a intentarlo con la llave y acabé probando con la ventana. No tenía reja ni seguro, sólo había que deslizarla hacia un lado y allí estaba yo, entrando en la casa a través de una ventana como una ladrona cualquiera. Volví a llamarle. En el comedor no había nadie.

Le encontré en el dormitorio, sentado en la cama y liándose un porro. Estaba bien, ni inconsciente ni lleno de sangre, así que una parte de mí temió encontrar una mujer desnuda en cualquier lado. Estaba muy serio.

- Estaba preocupada, he entrado por la ventana, no podía abrir.
- Márchate.
- ¿Qué?

- Lárgate.
- ¿Que me largue? Pero, ¿qué pasa?

Estaba furioso. Me gritó que me marchara. Aquello era una pesadilla, no podía estar sucediendo de verdad, no entendía nada. Él sentado y yo de pie en la puerta de la habitación. Parecía incapaz de soportar físicamente mi presencia. Intenté pedir una explicación a aquello pero él me gritó. Se levantó y se metió en el baño, traté de acercarme y cerró la puerta con un golpe, a punto de machacarme la mano. Asustada, desconcertada y llena de dolor, miré la puerta cerrada. No sé cuando había empezado a llorar.

- Dime algo...
- ¡Que te largues! ¡No quiero verte!
- Pero dime algo...
- ¡Fuera!

- Yo...

La voz se me cortó y me quedé mirando aquella puerta entre lágrimas. Valoré por un momento el sentarme en el suelo y esperar a que saliera, pero de pronto tuve miedo de que me golpeara. Si él no me quería allí, no había otra cosa que pudiera hacer más que marcharme.

- Yo... ...te quiero.

Le dije te quiero a aquella puerta cerrada y me marché. No recuerdo como pude salir de la casa y arrancar el coche. Lloraba, lloraba entre convulsiones mientras conducía, el corazón roto, la incomprensión más absoluta. Llegué llorando a casa de mi mejor amiga. Me esperaba para ir al teatro, pero no pudimos ir. También yo me encerré en un cuarto de baño. Me estaba rompiendo en pedazos y mi amiga me permitió ese respiro. Me tiré al suelo en posición fetal y a oscuras lloré todo. Ella entró, cogió mi cabeza y me acarició hasta que pude calmarme. Fue el mes de julio del año pasado. Tardé casi tres semanas en averiguar qué había pasado allí.

miércoles, junio 03, 2009

Obras en el Paraíso.

Adán y Eva en el Jardín del Edén
Wenzel Peter (Karlsbad 1745 - Roma 1829)

Hay obras en el paraíso. Las máquinas han entrado sin compasión en mi pequeño país y durante todo el día muerden y aprisionan la tierra entre sus garras de metal. Las oigo sin saber qué hacer. Hoy es miércoles, tampoco trabajo porque mi contrato acabó el viernes. Desde entonces, llevo tres novelas leídas y me siento abrumada por la inmensidad del tiempo libre a mi alrededor. Tengo proyectos, claro, y algunas obligaciones. Quiero escribir un corto y un nuevo relato. Además en un par de semanas me examino del Superior y en un mes son las oposiciones a las que me acabo de apuntar para ver como funcionan. Pero no me apetece meterme en ninguna de esas historias. Hago fotos, leo, y me arrastro por la casa y el jardín sin saber a qué dedicarme. Paso el día sola sin hablar apenas con nadie. Podría coger la cámara y salir de excursión. Quizás lo haga, no sé, me aburro de mí misma. Mi interior vuelve a convertirse en una fiera que no halla reposo encerrada en tan exiguos límites. Inquieta. Vagamente furiosa. Debe ser la serpiente que envenena mis sueños. Pero en el Paraíso eran dos y aquí empiezo a sentirme demasiado sola. ¿Sería por eso por lo que Eva mordió la manzana? ¿Estaba en paro mientras Adán estudiaba oposiciones? ¿También soñaba ella con conciertos y drogas mientras el sonido de los pájaros se mezclaba con el de las máquinas? ¿También se miraba en los espejos para cerrar los ojos ante su reflejo hastiado?
Y mientras tanto oigo las bestias de metal, adelante y atrás, contaminando la paz del paraíso.

martes, marzo 17, 2009

Una niña llora.

Unos grandes almacenes en un día de rebajas. Hay gente por todas partes, gente en las escaleras mecánicas y en los pasillos. Gente haciendo cola en las cajas y en la puerta de los baños. Un ir y venir acelerado y ocupado en el enjambre de las abejas. Allá donde detengas tu mirada hallarás gente con prisa.

Menos en un punto. Ahí, donde se encuentra paralizada una niña pequeña. Apenas tiene unos cuatro años y desde su pequeña estatura contempla a los adultos entre lágrimas. Debe haberse perdido, en un descuido su manita se habrá soltado de la de su madre y ahora el terror la domina. Tiene tanto miedo que sólo puede llorar, impotente, incapaz de entender lo que le rodea. Sólo sabe que antes estaba segura y ahora está sola y tiene miedo. ¿No se te rompe el corazón? ¿No deseas cogerla en brazos y decirle que todo está bien? Pues así es como me siento a menudo, como una maldita niña perdida.


¿Por qué si tengo 33 años y hay canas en mi pelo, tengo los miedos de una niña de cuatro años?


¿Por qué tengo terror al abandono?


Quiero ser yo la que la coja y la abrace, quiero decirle que yo sí la quiero, que está segura entre mis brazos, que nunca la voy a dejar... pero entonces es a mí a quien le queman las lágrimas en los ojos, y soy yo la que se pregunta si algún día podré sentirme segura.


Sí, lo sé... mi mente lo sabe: la seguridad no existe, es un constructo, una ilusión. Ni alianzas en tu dedo, ni hipotecas en el banco, ni un puesto fijo van a salvarte de nada. En cualquier momento, de pronto tu manita aferra el aire y estás sola, sola y perdida entre la multitud.

sábado, enero 24, 2009

Paraíso inhabitado.


La Dama del Unicornio. Con mi solo deseo (detalle)
S. XVI Museo de Cluny (París)

¿Cuáles son los paisajes de nuestra infancia?

La infancia siempre parece un lugar mítico, un país mágico al que muchos quisiéramos regresar. O quizás no. Quizás también sea un lugar repleto de tristezas. Una sucesión de días nublados en el que una niña demasiado solitaria no quiere hablar con nadie. Sólo estar con sus libros y que la dejen en paz.

Bueno, eso no ha cambiado demasiado, ¿verdad?

La última novela de Ana Mª Matute ha agitado algo dentro de mí. Quiero poder ver como el unicornio se escapa del cuadro. Quiero sentir como sus pequeñas peñuzas hollan la hierba del bosque. Quiero creer que hay un gemelo que nunca va a abandonarme.

El mundo de los Gigantes aún me sigue resultando extraño aunque yo me haya convertido en uno de ellos.

Quiero volver a cruzar la puerta. Quiero entrar en la biblioteca mágica.

Kay y Gerda, mis pequeños amigos. Últimamente su recuerdo se despierta muy a menudo. También Ana Mª Matute los trae de vuelta en su novela. Al final la Reina de las Nieves se los ha llevado. ¿Será cierto que los niños son como los vilanos y nunca vuelven? Tampoco lo hacen los unicornios. Los que se van, nunca vuelven.