Pierre Bonnard 1860
Le gustaba acostarse encima de mi pecho mientras hacía ron-ron-ron. Asomaba su cabecita por encima del periódico o el libro que estuviera leyendo. Ya ves, con la rabia que me daba que no me dejara leer y ahora se me saltan las lágrimas. Cuando llegaba a casa siempre estaba esperándome en la puerta y no dejaba de maullar y pedirme cariños hasta que no le hacía un poco de caso. Si me ponía en el ordenador se paseaba por el teclado y yo protestaba y lo dejaba caer en el suelo. Se pasaba la mayor parte del día durmiendo y cuando llegaba la noche le entraban ganas de hacer carreras en el pasillo. Pobrecito, siempre me sentí un poco culpable por no hacerle más caso. Ahora que no está, echo de menos a mi gato.
Tenía el pelo negro más brillante y suave de mundo.
Thomas Gainsborough 1765-69
Por aquella época fuimos a grabar a Alicante, era un reportaje fácil, uno de esos costumbristas sobre la Semana Santa. Después de la grabación todo el equipo nos fuimos a tomar una copa y el amigo de alguien se apuntó. Empezamos a hablar y de pronto el muchacho me ofreció un gatito y de pronto yo, que antes nunca había pensado en tener mascota, dije que sí. Al día siguiente el muchacho se presentó en mi hotel con una caja de cartón. Y dentro estaba aquella bolita negra, aquella preciosidad de grandes ojos que se había convertido en mi responsabilidad. Ahora ese bichito dependía de mí, toda su felicidad y bienestar dependían de mí. Y en el pecho me creció un amor irracional y generoso hacia aquel pequeño ser vivo.
Siempre me acuerdo de cómo se durmió en el coche camino de casa. Con las patitas de delante y la cabeza colgando fuera de la caja de cartón. De poco no nos estrellamos en la autopista cuando empecé a gritar que a mi gato le pasaba algo, que no respiraba y que se me había muerto, pero qué va, el tío caradura se había dormido tan tranquilo. Y allí, en aquel coche, él y yo decidimos que su nombre era Humphrey, Humph. El más elegante, cariñoso y psicópata de los gatos. Mi Humph. El principio de una gran amistad.
Han pasado ya unos meses desde que desapareció, los meses de la crisis familiar y la mudanza, y lo cierto es que echo de menos a mi gatito. Cuando pienso en que pudieran haberlo atropellado y que aquel pequeñajo mimado y consentido pudiera estar sufriendo sólo, sin que yo esté a su lado, se me pone un nudo en la garganta. Era mi responsabilidad y le fallé. Y aunque sé que sólo era un gato, un gato común y puñetero, le echo de menos, y siento mucho no haberle sabido cuidar mejor.
Adèu Humph, carinyo, allà on estigues cuida't molt.














